No es un chatbot con respuestas preparadas. Es un asistente configurado con la información, los procesos y los permisos de tu empresa. Atiende tu canal, registra lo que entra, prepara y ejecuta tareas, y avisa de lo que hace falta.
Recoge lo que llega por correo, WhatsApp o Telegram y contesta lo que sabe contestar. Si le mandan un audio, lo transcribe y lo entiende igual.
Todo lo que entra queda anotado: con fecha, con quién lo dijo y con lo que se hizo después. Nada depende de que alguien se acuerde.
Prepara presupuestos, da de alta clientes, monta documentos, saca informes. Lo que hoy le quita horas de ordenador a alguien que ya va saturado.
Cualquiera puede conectar una IA a un buzón. El problema empieza cuando esa IA escribe algo que no debería, a un cliente tuyo, en tu nombre.
Las acciones que tienen consecuencia —escribir a un cliente, mover dinero, publicar algo— se paran y esperan tu aprobación. Recibes la ficha, la lees y decides con un toque. El sistema ejecuta solo después.
Cada decisión queda registrada con quién la tomó y cuándo. No es cuestión de confiar: es que se puede mirar.
Ese freno no es un extra. Es la diferencia entre una herramienta que te ahorra tiempo y una que te mete en un problema.
Un canal y las tareas del día a día.
Varios canales, integraciones y automatismos.
Operación completa conectada a tus sistemas.
A la cuota se añade la implantación inicial, que depende de cuántos sistemas haya que conectar. Se dice antes de empezar, no después.
Media hora, con tu caso concreto encima de la mesa. Si no encaja, te lo decimos.
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